sábado, 14 de mayo de 2011

Romance de la Luna de Federico García Lorca (I)




"La luna vino a la fragua con su polisón de nardos. El niño la mira, la mira. El niño la está mirando. En el aire conmovido mueve sus brazos la luna y enseña, lúbrica y pura sus senos de duro estaño."


Me pinta la luna el poeta, a saber en qué horizonte cosida, dónde su ojo moreno prendido, en qué noche su pensamiento, como una mujer decimonónica que se pasea entre el fuego de un cuadro goyescos, de dioses sudorosos con los músculos tensados y los hierros candentes, salpicando virutas y voladuras que amenazan con quemar su paso. Y yo no entiendo ese simbolismo pero como ese niño embobado también busco su esfera escondida entre un cielo que no se quiere abrir. Y busco en ella el consuelo que no puede darme porque la tierra está demasiado lejos del cielo y no versos ni palabras que puedan escalar esa oscuridad. Nos miramos, la luna y yo, con indiferencia hostil, extraños el uno y el otro, aquel niño y este hombre, siempre la misma incomprensión en los ojos. Y entonces cruza su silueta el ala tendida de una lechuza blanca, la corta como una cuchilla fresca para ver su sangre blanca brillar. Y sí, ahora sé que todo está donde tiene que estar.

1 comentario:

  1. A veces es bueno evadirse, incluso a la luna. Donde su oscuridad fria y desconocida te proporciona el manto calido que se precisa para acceder a otros planos de la vida.

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